COMENZO EL VERANO EN PALMA DE MALLORCA
Pese a las sorpresivas lluvias todavía quedan varios días de verano. Yo creo que me voy de viaje a Palma de Mallorca, la diversión está asegurada y el año pasado prometí regresar. Aquel viaje fue maravilloso en compañía de un grupo de amigos que buscábamos que dar el último manotazo al verano antes de reanudar nuestras clases en la universidad. Lo que pretendíamos era un lugar con mucho sol, una playa con gente linda y tranquila y unas noches de desenfreno discotequero. Todos estuvimos de acuerdo en viajar a Palma de Mallorca, ya que esta ciudad nos ofrecía todas estas cosas a tan sólo 500 kilómetros de la capital y con apenas medio millón de habitantes. El clima templado y tropical nos iba a recibir seguramente con una temperatura mayor a 30 grados centígrados obligándonos a estar metido es sus hermosas playas con la respectiva dosis de bloqueador solar, sobre todo para mi amiga Margot que es tan blanca como una sábana.
Palma de Mallorca empezó a despuntar como obligado destino turístico a comienzos del siglo veinte entrando en una suerte de fenómenos de retroalimentación en que la afluencia turística hacia esa ciudad la forzaba a cambiar su fisonomía haciéndose a su vez que ésta tenga que adaptarse a estos nuevos requerimientos. Si en los sesentas la localidad recibía a medio millar de entusiastas viajeros, para fines del siglo veinte esta cifra se vio multiplicada por casi trece veces su valor. Este fenómeno social indudablemente trajo cola y en especial los ingresos del Estado se vieron tremendamente incrementados por el tráfico de turistas. Las divisas otorgadas por esa zona superan hoy en día el promedio turístico de la comunidad Europea. Recuerdo que el año pasado llegué hasta Palma de Mallorca y me paseé en un cómodo autobús por toda la ciudad. Era un bus de un tono azul bastante agradable, como anunciándome la belleza del mar que estaba por visitar, acompañado de un oportuno tono plomo en sus partes delantera y posterior. Cuando viajaba del avión pude ver a la distancia la estación por la que debía atravesar para llegar hasta mi transporte que presto me esperaba. Desde ahí vi la comodidad que me esperaba. Los enormes ventanales del autobús que me esperaba denotaban la amplitud y confort del mismo. Era el bus que me llevaría hasta ele centro de la ciudad donde mi cómodo hotel me esperaba. El equipaje no pesaba mucho ya que iban a ser pocos días de estancia y la ropa ciertamente iba a estar muy ligera. En unos minutos ya estaba en mi hotel y desempacaba para luego bajar a mi primer día de playa oficial.
De nuevo el bus azul me esperaba abajo listo para trasladarme hasta el punto donde confluye la arena, el agua y el sol. El día era caluroso, los indicadores de temperatura marcaban 33 grados Celsius y el chapuzón directo era una obligación. Así lo hice y ni bien bajar del autobús, salí corriendo rumbo al mar como si un tesoro me esperase a sus orillas. El verano había comenzado para mí.
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