EL STRESS VIAJÓ CONMIGO

A cualquiera le viene bien un día de campo. Alejarse de la rutina de los problemas en el trabajo y las monotonías de la casa. Yo no pienso diferente y acepté una invitación a pasar unos días en las afueras de la capital, en la casa de campo de mi amigo Fernando. La idea vino de improviso, justo cuando me encontraba un tanto stressado por unas cuentas que no cuadraban en mi negocio. Le había estado dando vueltas al asunto desde hacía varios días pero el resultado era idéntico y ya estaba pensando seriamente la posibilidad de contratar un servicio de auditoria. En fin, decidí dejar eso para después del fin de semana que me disponía a pasar e el campo. Me afané en seleccionar un poco de ropa para los tres días que duraría mi estancia en el campo. A mis casi treinta años, nunca había tenido la oportunidad de realizar una de estas excursiones. Me indicaron que llevara repelente para mantener alejados a los mosquitos y ropa ligera para las mañanas y prendas un poco más abrigadoras para las noches. Obedecí y quedé listo para mi aventura.

 

            La cita era para un viernes a las diez de la mañana, me pareció bien, me despertaría a la misma hora que lo hacía para ir a la oficina y tendría tiempo de sobra para darle el alcance a Fernando. Mi amigo se había dedicado desde hacía un año a la siembra de diversos vegetales y prácticamente vivía en el campo alternando algunos días en la ciudad, más que nada por cuestión e su propio negocio. No se cansaba de predicarme las bondades de la vida tranquila del campo y sus pocas ganas de pisar la ciudad, salvo por necesidad. Estaba por averiguar a qué se refería. El viaje no fue complicado, en menos de cinco horas estábamos haciendo el ingreso a sus terrenos. Me indicó la ubicación de la que sería mi habitación en esos días y me indicó que almorzaríamos en seguida. Buenas noticias porque el viajecito me había abierto el apetito. A los cinco minutos ya estaba bien posicionado en la mesa de la casa. En seguida llegó Fernando con su esposa y sus dos hijos. La comida me pareció fabulosa, por supuesto se trataban de vegetales cultivados por él mismo y naturalizados al máximo. Hicimos una corta sobremesa y luego me mostró las extensiones de sus terrenos, narrándome minuciosamente el proceso de cosecha y algunos secretos de su sistema de regadío.

 

            El día se fue rápido y ya era hora de la cena, todo muy bien de nuevo. Fue después cuando empezaron las sorpresas. Yo pensé que nos tomaríamos un trago y nos quedaríamos conversando hasta que el sueño nos venciera, pero muy por el contrario, todos se despidieron anunciando que se marchaban a dormir. Miré extrañado y lo atribuí a la jornada agotadora sumada a los anteriores días laborables. Pero ahí no terminó todo ya que a las cinco de la mañana ya Fernando me estaba despertando porque era la hora en la que la vida del campo empezaba, según sus propias palabras. Como un zombie me incorporé y no quedé lucido antes de los veinte minutos. La verdad que levantarme a esas horas y acostarme tan temprano también representaba un stress para mí.

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