ENCIERRO EN DUEÑAS SEGUNDA PARTE

Y esa misma noche nos fuimos a dormir pensando en lo divertido que sería lidiar con uno de estos vacunos. Nuestro viaje hacia la localidad de Dueñas en el centro de España, había ido de menos a más, iba subiendo en intensidad poco a poco y pronto alcanzaría su pico máximo, créanme. Habíamos llegado en largo viaje terrestre y la verdad estábamos cansados. Ese día prácticamente nos quedamos en la casa de Joaquín, disfrutando de la excelente sazón de su madre y de sus tiernas historias familiares. Salimos a dar unos cortos paseos por el perímetro de la casa y no se nos ocurrió alejarnos más de dos o tres manzanas. Así nos dio la noche y de nuevo nos reunimos en la mesa a disfrutar la exquisita cena preparada por Doña Olga. Con tanta caloría que nos dieron en el día, las fuerzas nos retornaron, y de pronto tuvimos ganas de salir así que Joaquín nos guió en el modesto pero bonito circuito nocturno de la zona. Dimos un paseo por la Plaza Principal y ahí Joaquín se encontró con algunos amigos a quienes nos presentó. Era un pueblo pequeño y casi todos se conocían de una u otra forma o al menos tenían un pariente o amigo en común. Los dos extraños no pasamos desapercibidos por tanto. Esa noche terminamos haciéndonos amigos del vino que se disfrutaba en bota en uno de los locales nocturnos contiguos a la plaza. Nos habremos ido a dormir a las tres de la mañana con una borrachera de padre y señor mío. Sin embargo fuimos despertados a las ocho de la mañana por un Joaquín acostumbrado a estas lides, Diego y yo no habíamos logrado recuperarnos aún, fue un vino bastante fuerte el que nos sirvieron o quizá fue la bota en la que bebíamos la que no nos hizo dosificarnos adecuadamente, el hecho es que el vino estuvo delicioso.

Llegamos hasta el comedor como pudimos y doña Olga, conocedora de estas resacas nos sirvió un caldo de cordero bastante caliente y salado al tiempo que nos apuraba a consumirlo aduciendo que era la cura que necesitábamos. El consomé en cuestión estaba exquisito, como todo lo probado en Dueñas hasta ese momento, y complementado adecuadamente con una gigantesca hogaza de pan de centeno fresco. Quedamos más que satisfechos y, en efecto, a la media hora de terminado el real desayuno, la resaca pasaba a retirarse de nuestros cuerpos, ya no nos dolía la cabeza tampoco. Salimos a dar u paseo y el aire fresco de la mañana terminó de refrescarnos el aliento a vino que aún se dejaba sentir. Cerca del mediodía Joaquín nos propuso asistir a uno de los encierros que se celebraban en la localidad. Definitivamente era algo que queríamos hacer todos y accedimos. Llegamos en poco más de diez minutos hasta el centro de las celebraciones y nos alistamos para participar. No tuvimos oportunidad de ver a los toros que serían soltados pero nos indicaron que no eran toros de lidia y que eran mansos. Tontamente creímos el cuento. Y envalentonados por haber superado rápido la resaca supongo, saltamos a la arena que en verdad era un camino que se abría por las calles y que había sido diseñado para desembocar en una plaza. Los toros en cuestión debían aparecer doblando un codo. Los más avezados se posicionaron casi en la intersección de las calles por donde aparecerían las reces, nosotros más prudentes quedamos 20 metros por detrás y escuchamos que se dio la señal, instintivamente corrimos pero vimos que nadie corría junto con nosotros y decidimos regresar, los toros tardaban un poco.

Trotamos entonces para recuperar nuestra posición inicial y en pleno trote, vimos que la primera cabeza asomaba rápidamente por el codo de una de las calles, a Diego y a mí nos tomó de contra pie y tardamos mucho en rehacernos, cuando lo hicimos para emprender la nueva fuga, ya era tarde, primero nos atropellaron las personas que estaban por delante de nosotros en el momento inicial y nos restaron velocidad, podía sentir los primeros pezuñasos golpeando los ladrillos de la vereda, instintivamente giré la cabeza un poco para ubicarme y proponer una ruta de escape alternativa y el miedo me golpeó fuerte directo en la boca del estómago, vi una cabeza gigantesca que casi quedaba ala altura de mis ojos y un par de cuernos afilados que remataban un mastodonte de unos 400 kilos que venía presuroso por la vereda, aceleré la marcha y no se qué sucedió en esos momentos que perdí el control de mi cuerpo, yo quería avanzar de frente pero sentía que algo me jalaba hacia mi derecha. En décimas de segundo me di cuenta que un prófugo, al igual que yo, había enredado sin querer un trapo en la hebilla de mi correa y ahora dependíamos uno del otro. Para mi desgracia o mejor dicho, para nuestra desgracia, el impertinente corredor perdió el paso al poco y rodó pesadamente sobre la acera arrastrándome a su destino. Yo rodé por encima de él y metí las manos como pude, afortunadamente al rodar el harapo se rompió y quedamos en libertad de acción. Entonces el toro sobre paró y nos miró, estábamos indefensos, había que hacer algo. Fue entonces que recibí casi una orden superior, debe haber sido mi ángel de la guarda que atento corría junto a nosotros y seguía los acontecimientos. Procedí a coger el trapo que ahora yacía a mi costado y enrollándolo rápidamente lo lancé en dirección opuesta a las intenciones de la res que ya se nos venía encima, la maniobra surtió efecto y el toro se dirigió hacia ese sector permitiendo en esos mágicos instantes mi atropellada fuga en la que trepé un muro contiguo de poco más de dos metros cual ninja experto, quedando posicionado a salvo en la parte alta del mismo pero con el corazón en la mano, ahora sí que la borrachera del día anterior se había esfumado por completo.

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