La Casa Batlló
Todos sabemos que el cerebro humano es una máquina. Una verdadera máquina. La más maravillosa de todas. Trabaja a mil por hora: cuando recibe un estímulo, lo asocia con experiencias anteriores y tal. En este caso, si oigo la palabra “Barcelona”, por un lado, pienso en Ronaldinho y por el otro, en
la Casa Batlló. No quiero decir que ambos sean del mismo orden o valor -¡Qué tontería!-, pero así de entreverado es el pensamiento. En principio, pensé redactar sobre estos dos puntos neurálgicos de la cultura de Barcelona. Pero en vista de que saldría un arroz con chocolate y la mayoría conoce hasta cuántos hijos tiene Ronaldinho, opté por
la Casa Batlló. La belleza de la arquitectura española.
Para quienes no saben absolutamente nada sobre esta famosa construcción, debo empezar diciendo que es un edificio. Único en todo el mundo, por su magia y la hermosa rareza de su fachada. Fue ideado por el genial Antonio Gaudí. Sí, el arquitecto celebérrimo del modernismo catalán, aquél que diseñaba bajo los efectos de profundas meditaciones (aunque algunos sostienen su afición por las drogas). Resulta que la adinerada familia Batlló, residente de Barcelona, le encargó reconstruir su edificio ubicado en el número 43 de la avenida Paseo de Grácia, en pleno barrio bohemio de Ensanche.
Entre 1904 y 1906, trabajó duramente. Convirtió un conjunto de pisos, de apariencia triste y monótona, en el principal centro atractivo de la zona, llamada también ‘La manzana de la discordia’, por la existencia de otras obras arquitectónicas de calibre mundial, como
la Casa Amatller (de Puig i Cadafalch) y
la Casa Lleó Morera (de Domènech i Montaner).
La Casa Batlló es un cuento de hadas. Los balcones de hierro, con forma de máscaras humanas, se entremezclan en oníricas curvas con paredes de colores multicolores y cerámicas trabajadas cuidadosamente. Hay, en toda la fachada, abundantes líneas irregulares y un aspecto encantado.
La primera planta presenta una estructura de piedra, cuyas columnas contienen mágicas vidrieras. Si uno la conjuga con el resto de pisos, puede interpretar apariencias de grandes animales, grotescos y extraños. En la parte alta, el techo curvo se asemeja a la piel de un dragón, cuya cumbre es una chimenea asimétrica e imponente. Como vemos, Gaudí rompió todos los esquemas de la arquitectura tradicional. Dio rienda suelta a sus inusuales imaginaciones y materializó lo que alucinó. Así de simple y complejo. Vanguardista por naturaleza, quiso plasmar el espíritu rebelde de su arte y lo hizo gloriosamente.
No en vano el organismo de
la ONU encargado del tema cultural (UNESCO) declaró
la Casa Batlló como Patrimonio Mundial (julio, 2005). Quien la visita puede gozar de un sistema turístico ordenado y recorrer los misteriosos pasillos fantaseados por la locura de su creador. Pero no sólo eso, también es posible coordinar eventos corporativos y otras perlas. Léalo: “
La Casa Batlló puede ser suya y está a su disposición para cualquier tipo de acto que Usted quiera celebrar. La construcción admite la misma libertad de usos que el genio de Gaudí imaginó”, dice el portal oficial del monumento. Vaya. En mi opinión, es un tema que debe ser tratado con cuidado, pues estamos frente a un legado para la humanidad, merecedor de un manejo eminentemente informativo y artístico. A reflexionar. Hasta la próxima.
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