LA SEDUCCION DE LOS VERDES Y LA RIGIDEZ COLORADA

Hace dos años aproximadamente me encontré luego de mucho tiempo con una amiga. Cuando digo mucho tiempo me refiero a más de 25 años. Fue en un viaje que hice con mis padres a la ciudad de Sevilla en 1980 durante las vacaciones. El encuentro inmediatamente me catapultó en el tiempo a principios de la década del ochenta cuando la guerra fría alcanzaba su pico máximo y entrábamos de lleno a una década polarizada por ambos sectores y cargada de una incertidumbre bastante lúgubre, alimentada por los especiales que se repetían año a año en la televisión a propósito de las consecuencias de una guerra entre estas dos potencias. En este especial se recreaba un ataque nuclear a las ciudades más importantes del mundo, se observaba como un misil nuclear impactaba sobre un área urbana en pleno día y por sorpresa. La curva final de este monstruo era larga y veía como éste impactaba en el horizonte de la escena creando un pequeño punto de luz que inmediatamente pasaba a convertirse en un resplandor enceguecedor que obligaba a las personas a bajar la mirada haciendo un movimiento brusco del cuerpo pasando a quedar en cuclillas. Al segundo se observaba como se levantaba el terrible hongo nuclear, de tanta estética como mortalidad, formado merced al impacto. Al siguiente instante se veía galopar en todas direcciones una nube incandescente que arrasaba todo a su paso, las edificaciones eran arrasadas. Los autos estacionados volaban por los aires y las personas eran consumidas quedando reducidas en un instante a esqueletos. Las terroríficas escenas se multiplicaban y se hacían interminables, el fuego radioactivo llegaba a todas partes sorprendiendo a la gente, la histeria colectiva se apoderaba del momento, los pocos que tuvieron tiempo de alcanzar los refugios eran más tarde víctimas de los efectos de la radioactividad que permanecía hasta por dos generaciones mutando los genes de las personas y convirtiéndolos en monstruos. Cuando los primeros sobrevivientes salían del refugio se topaban con  un panorama desolador, algunos entraban en shock, otros no reconocían donde estaban, el paisaje había cambiado abruptamente, se caminaba con dificultad por entre los escombros, era preferible estar muerto en esos instantes. La maldad del hombre llegaba a su cenit.

 

            En casa, viendo este especial con la familia reunida, las exclamaciones eran bastante elocuentes, eran comienzos de la década de los ochenta y como digo la incertidumbre y el terror causados por
La Guerra Fría se habían instalado en todo el mundo. Por las calles el comentario era que
La Unión Soviética tenía misiles nucleares listos para ser ejecutados y que cada país del mundo estaba en la mira. También se decía que los Estados Unidos habían desarrollado especial interés en la carrera espacial no por un asunto de ego patriótico sino porque pensaba colocar estaciones espaciales alrededor de toda
La Tierra para desde allí poder neutralizar los ataques nucleares de su rival, a esto lo denominaban jocosamente
La Guerra de Las Galaxias. Supuestamente desde esta estación se dispararían rayos láser que eliminarían los misiles lanzados contra ellos en plena trayectoria y por supuesto la televisión se encargaba de graficar esta situación a la perfección con los avances tecnológicos de los que disponía en ese tiempo. El mensaje de los medios y en última instancia de los mismos gobiernos era que la gente debía tomar partido, no se podía abstener de elegir entre ambas potencias. El capitalismo por un lado y el socialismo por otro, los verdes y los colorados como diría Cantinflas, ambos tratando de dominar el mundo y convenciendo a las personas de las “bondades” de su ideología. Por esas fechas también se comentaba el boicot de los Estados Unidos hacia los Juegos Olímpicos desarrollados en Moscú en 1980. Y en efecto este país boicoteó los juegos junto a otros 65 estados afines con su ideología, tan sólo seis meses antes de que éstos se realizarán aduciendo la invasión de
La Unión Soviética a Afganistán en 1979. Ni siquiera el deporte, donde el hombre demostraba su poca nobleza se salvaba de la mancha de la intolerancia y del extremo.

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